Mi abuela tenía una enorme mancha en la espalda. Era como un continente, tenía fronteras, relieve y política propia, no era como el resto de su piel. Con los años, la mancha había ido creciendo y expandiéndose. No era un buena mancha pero era muy de mi abuela.
Hace unos meses fui al médico a quitarme una mancha que me había salido en el costado. Era, en textura y apariencia, como la de ella, pero muchísimo más pequeña. Sin embargo, me molestaba su rugosidad y la sensación de que podía convertirse en un estado independiente, así que decidí deshacerme de ella.
En el dermatólogo, agarrada a una plaquita de metal, que por lo visto ayudaba a dejar salir la corriente de mi cuerpo, me despedí de aquel lunar gigante. Pero no fue una despedida silenciosa, la puñetera mancha resistió el sitio como una jabata, con el consiguiente dolor para su anfitriona, véase yo.
A veces me pregunto si aquella manchita era una especie de recuerdo de mi abuela y si había tomado la decisión correcta al extirparla. Me dolió tanto que parecía que mi abuela me estuviera pinchando desde el más allá. No te preocupes abuela que no necesito una mancha para recordarte y dar gracias por tener a alguien tan maravilloso en mi vida queriéndome tanto como tu.
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